miércoles, 3 de mayo de 2017

'El tiempo de la luz' cumple un año


Mi primera novela dirigida a lectores adultos ya ha cumplido un año. El 2 de mayo de 2016 salió publicada simultáneamente por Columna y Umbriel (en catalán y castellano respectivamente) y, para celebrarlo, quiero compartir un capítulo que no se incluyó en la edición final. Se trata de una escena inspirada en el vídeo de la canción de Loquillo y Los Trogloditas, Avenida de la Luz. El estilo era demasiado diferente a lo que había usado en todo el libro, y por eso decidimos eliminarlo ya que no encajaba en el estilo de la obra


El desierto empieza aquí (1984)

Alguien avanza por el pavimento gris del andén. Mientras la cámara le enfoca los zapatos negros, el sonido de sus pisadas se mezcla con el de la música de fondo. Una sombra alargada se aferra a las suelas rodeada de una luz dura. 


De repente la imagen cambia. Una iluminación  débil, verdosa, apenas define los contornos de un escenario. En la penumbra emergen los músicos y la voz del cantante, que se alía con los acordes.

Avenida de la Luz
el desierto empieza aquí.

Con la misma cadencia rítmica, el vocalista repite este verso. Toma el micrófono de pie, lo inclina y lo arrastra unos centímetros. La luz se intensifica. La penumbra también.
 
Loquillo, el cantante, no ha conocido el viejo esplendor de la Avenida de la Luz. El año en que él nació, a poco más de tres kilómetros de allí, en el barrio del Clot, la galería apenas evidenciaba los primeros síntomas de decadencia. Una década más tarde surgían las primeras grietas en el techo del pasillo, como preludio de la degradación que acabaría convirtiendo ese espacio en un lugar sórdido, un sueño derrotado.
 
Un primer plano muestra el rostro del vocalista impregnado de luz esmeralda. Su gesto de aproximación al micrófono otorga a la letra un carácter de confidencia. Su voz sentencia el que ya no es un secreto para nadie.
Es un buen lugar
para acabar borracheras,
el heartbreak hotel de mi ciudad,
el mito de ciudad sumergida,
a esta hora se vuelve real. 

Loquillo parece sufrir cuando termina esta estrofa. Se aleja del micrófono y echa atrás la cabeza, como si quisiera recuperar fuerzas para seguir cantando.Quizás se está acordando de la forma en que los años setenta anunciaron el fin de la Avenida con un entramado de grietas. Las primeras aparecieron el primer año de esa década, como consecuencia de la degradación del pavimento de la calle Pelayo. Poco después, las goteras invadían la galería. El despliegue de cubos y barreños con que los comerciantes habían intentado detener la inundación de las zonas afectadas dañaron la imagen de aquel lugar, sobre el que empezó a planear un velo de decrepitud.

La cámara sigue centrada en la voz de Los Trogloditas que se encara al público, fuera del plano medio largo que lo enfoca. Con el brazo extendido señala y clama.


Estáis solos,
daros cuenta
estáis solos. 

Entonces, la primera imagen vuelve y ofrece otra vez los pasos que avanzan por el andén de una estación vacía. Es lel mismo vacío que se fue tragando la Avenida tras el abandono en que la dejaron caer las instituciones, incapaces de decidir a quién correspondía la responsabilidad de su mantenimiento.
 
De nuevo un primer plano de Loquillo que, con las manos juntas, se tapa media cara. Sus ojos se clavan en el infinito. Respira. Parece meditar antes de repetir el estribillo de la canción.

Avenida de la luz,
no me mires con piedad,
voy cegado por la luz
de mi libre soledad.

Una expresión de rabia enmarca el último verso. La intensidad de la emoción parece obligar al cantante a detenerse para recuperar el aire. En su esfuerzo para reencontrar el aliento se intuye el mismo afán con que se intentó evitar el hundimiento de la Avenida. A diferencia de ella, el cantante se rehace. Aferrado al micrófono, se dobla, jadea, y continúa cantando.
 
Y nunca fue bella la derrota,
así como alguien la quiere pintar
y tus problemas
no, no importan a nadie,
ni a ti te importan los de los demás.

La estrofa esconde una visión poética de la larga agonía de la Avenida, ya que su derrota ante las filtraciones fue embellecida cubriendo las paredes y las columnas con una capa de pintura. Un intento fallido que no evitó que empeoraran las condiciones higiénicas ni que continuaran disminuyendo los compradores.


Estas solo,
date cuenta
estas solo. 

Cuando Loquillo canta el estribillo de la canción el color de la imagen se altera. Entonces, la cámara se desplaza y muestra el primer plano del cantante dentro de un televisor. A continuación el travelling recorre el escaparate de una tienda de electrodomésticos y se muestra en contrapicado al artista mismo, al otro lado de los cristales.

Luego, la música de la banda acompaña al solista de Los Trogloditas mientras pasea, solitario, por la galería. Su figura desafiantemente esbelta se recorta a contraluz. Su porte tiene un deje melancólico y pensativo que se refleja en su caminar pausado.Deja atrás el bazar Orozar y una tienda de fotografía, posiblemente la misma donde se grabó, seis años antes, una escena de la película de Bigas Luna, Bilbao.De nuevo se recupera la imagen de los pasos sobre el pavimento gris del andén, pero enseguida se vuelve a la Avenida. El interior de un bar, el corredor oscuro,desértico, donde el peatón solitario sigue su camino dejando atrás la veterana Casa Chivas, de máquinas para género de punto. Una sarta de escenas que parecen chispas de una luz agónica. 


Un plano picado de Loquillo recupera la visión del escenario. El cantante jadea mientras se prepara para reanudar la canción.

Avenida de la Luz
el desierto empieza aquí.

El rostro congestionado que entona esta estrofa nada tiene que ver con la siguiente imagen. Tampoco su vestuario, que ha cambiado la chaqueta de cuero por una americana oscura un par de tonos más clara que el resto de su indumentaria. La elegante figura destaca en la blancura de las baldosas de la estación que va dejando atrás. Mientras camina, fumando un cigarrillo, el perfil de las columnas se interpone de vez en cuando entre la cámara y el músico.

  
La secuencia continúa hasta que se ve la fachada del cine Avenida de la Luz con sus grandes puertas rojas y sus escalones grisáceos con vetas de color blanco.Ya hace mucho que la sala ha dejado de proyectar películas para un público infantil y familiar, como delatan los carteles que flanquean la portada: Espermula y Calígula. 

Un nuevo contrapicado muestra a Loquillo avanzando por la Avenida. El ángulo permite ver el techo, las columnas y los fluorescentes que no consiguen deshacer del todo las sombras que se ciernen sobre su tupé.  

Sólo cuando llega al final del corredor se ven algunas personas moviéndose en la zona del vestíbulo de los ferrocarriles. Retorna, una vez más, la imagen de las pisadas del cantante que se dirigen a la salida que da acceso a la Avenida. Esta vez se puede ver a Loquillo subiendo a las escaleras mecánicas y, enseguida, un plano general en contrapicado que se desplaza arriba hasta enfocar el cartel de salida. 

Después, la secuencia se detiene y vuelve a emerger el escenario sombrío donde los músicos tocan los últimos acordes.




Daniel apretó un botón del mando y detuvo el videoclip. Antes de levantarse, se giró hacia Rosita que continuaba mirando la pantalla, ahora negra, del televisor. 

-¿Qué te ha parecido, madre?

-Bueno, mejor de lo que pensaba. 

-¿Qué quieres decir? 

Rosa retiró los ojos del aparato y los fijó en su hijo. Una sonrisa contenida se le dibujó en los labios antes de hablar. 

-Pues que teniendo en cuenta como está ahora la Avenida, con todos esos indigentes, pobrecitos, y con la suciedad que hay por todas partes, aunque la has sacado bastante bien. 

-No sé si tomármelo como un cumplido... 

Dani, el hijo mayor de Rosita, hacía años que trabajaba como cámara. Su precoz pasión por el cine le había llevado a enfocar su trayectoria profesional en este mundo, en su vertiente de cortometrajes. Su último trabajo había sido la participación en la grabación del videoclip de la canción Avenida de la Luz, perteneciente al disco ¿Dónde estabas tú en el 77? de Loquillo y los Trogloditas, que acababa de mostrar a su madre por el vínculo que ella tenía con la galería. 

-Sí, hijo, es un elogio porque no me gusta nada en lo que se está convirtiendo la Avenida de la Luz. Que una cosa es que cierren las tiendas, que pierda la luminosidad y la elegancia que tenía, y otra muy diferente que se convierta en un nido de delincuencia. Suerte que me fui, porque ahora los clientes ya no se atreverían a venir. 

-Tampoco es para tanto, que la gente es muy exagerada. Hay cuatro marginales, pero son inofensivos. 

-Quizá sí, pero hay muchos borrachos y hacen sus necesidades por los rincones. Que no es que los aseos estén mejor, porque tienen una de roña... es normal que sólo se acerque la clientela del salón recreativo y los que van al cine a ver películas marranas. ¡Ay, si tu padre levantara la cabeza! 

La mujer enfocó la mirada arriba, como si su difunto marido pudiera escucharla desde el cielo. Rozaba ya sesenta, pero aún conservaba en la mirada la misma chispa juvenil y radiante de siempre.

-Pues a pesar de todo -añadió Dani-, he oído que tienen un proyecto para reactivar la Avenida. 

-Sí, yo también lo he oído. Parece ser que el Gremio de Artesanos de Barcelona ha propuesto convertir la galería en un centro artesanal, en una especie de Avenida de la Artesanía. Se trataría de reconvertir las tiendas que aún siguen abiertas en talleres. Pero ya veremos si sale adelante la cosa...

-No es mala idea, pero también habrá que ver qué hace el ayuntamiento con la isla de la vergüenza.ç

Daniel hacía referencia al solar de la calle Pelayo, al que se llamaba popularmente así debido al fracaso que habían tenido todos los proyectos urbanísticos que se había intentado impulsar allí. En 1984 esa céntrica zona continuaba todavía sin edificar y estaba parcialmente ocupada por un aparcamiento de la Guardia Urbana. 

-Por eso lo digo. Seguro que esto influirá en el futuro de la Avenida. Ay, hijo, el mundo ha cambiado tanto que a veces me da miedo que desaparezca todo. Pero de lo que estoy segura es que la época gloriosa de la galería no volverá. 

Aunque él recordaba un poco el pasado esplendoroso a que se refería Rosita, tenía mucho más presente la actualidad deslucida de aquella calle subterránea. Había sido él, precisamente, quien había instado a su madre a cerrar la pastelería a finales de los setenta. Hacía cuatro años que había muerto Franco, y se podía considerar finalizado el proceso de desmantelamiento de la dictadura que había dado paso a una democracia constitucional, fundamentada en los partidos políticos y con el rey como nuevo jefe de estado.Aquel final de década había llevado grandes cambios que perfilaban un futuro esperanzador. Dos años después de la muerte del dictador se había promulgado una amnistía que había sacado de la cárcel a muchos presos políticos, se habían legalizado los sindicatos y los partidos y, por primera vez en cuarenta años, se habían vuelto a celebrar unas elecciones generales. El referéndum de la constitución, que había tenido lugar en diciembre de 1978, había sido la culminación de un laborioso proceso de reorganizaciones que habían transformado completamente el panorama político y social. 

Cuando Rosa había cerrado su comercio tenía cincuenta años y energía suficiente para sacar adelante el negocio. Pero la degradación latente de la Avenida le afectaba, no sólo por la disminución progresiva de las ventas que descendían al mismo ritmo que la afluencia de visitantes, sino, también, por el vacío que había dejado en ese espacio la marcha de Julia y el alejamiento la Coral, quien había decidido rehacer su vida en Saint Tropez, trabajando en el restaurante de su tía. Incluso el retorno de Lorelei a su país natal había incidido en su ánimo, que ya no reconocía en aquel lugar oscuro y sucio el espacio luminoso donde había transitado su juventud.

Antes de que se iniciara la nueva década, la de los ochenta, Rosa había conseguido trabajo en un taller del centro de la ciudad. Aquello le había permitido mantener su independencia económica cuando sus dos hijos se habían ido de casa. La viudedad la había enseñado a acostumbrarse a la soledad, una parcela que a menudo identificaba con la libertad. El mundo había continuado cambiando pero ella había podido preservar ese espacio propio donde, de vez en cuando, hacía emerger todos los recuerdos que la hacían feliz.

Sólo una vez, en febrero de 1981, había vuelto a sentir el miedo a que resurgiese la parte más temible del pasado. Afortunadamente, el golpe militar que había querido detener el proceso democrático fracasó y el mundo continuó girando.
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario